En una llamada a la nada se resume la búsqueda de todo. Madrugada mía, hora de lo oculto, lo nuestro es serio. Porque cada vez que nos encontramos nos contamos nuestros nudos, repasamos un rosario de luchas pendientes. Y a pesar de la sensación de impotencia frente a muchas, nos acariciamos con razones para seguir andando. Disfruto enormemente esta tranquilidad que compartimos.
Solamente el mago escritor que sabe, que no es éste que escribe, podría expresarlo de manera justa. Como la opera de la agenda y el tenor de las manos temblorosas.
Empiezo a imaginar, como él escribiría picando en la vieja máquina una a una las letras en su caprichosa secuencia. El humo subiendo desde el costado, donde el cigarrillo se fuma casi solo en el cenicero de piedra, traído del viaje aquel que salpica de referencias la historia. El corazón bombea las ganas hasta el más remoto rincón, vértigo de escribir sin corrección ni la presión del objetivo. Medium de lo que le pide un queseyó.
Me encanta lo que leo por sobre su hombro, pero complace sin embargo, saber que esas líneas irán a la papelera, y nadie procederá a un rescate infame. Ni se te ocurra, querida, piensa. Y (...)
Cuando fui a Sevilla encontré una silla. Frente a una mesa redonda y pequeña de mármol, estaba ubicado, en mi elegida silla de madera oscura, para escribirle antes que nada, unas líneas a mi hermana de cumpleaños. Llueve sobre los adoquines de la peatonal, parece que se largó a caer justo después de dejarme entrar.
Encontré la silla, para construir mi paisaje más cercano con la espuma de la leche y el aroma de café recién molido, el sobre de azúcar ya vacío, el tintineo de cucharilla. La televisión habla de nevadas grandes en diversos puntos, hay que pensar la ruta para volver sin toparse con nieve en los pasos altos.
Luego de escribir el saludo desayuno, volví al hotel pensando en llamar más tarde cuando, teniendo en cuenta la diferencia horaria, los encuentre festejando un año más de la chica chica. Cómo la quiero, guardiana siempre, me cuidó con sus celos cariñosos, muy a pesar de sus amigas guapas. Su reacción a una mirada, es en ella como una caricia.
Caminé la vuelta por el empedrado mojado, entre ráfagas esporádica de gotas, anduve entre naranjos y gentes escurriendo paraguas. Cogí las llaves de la 102, como dicen, con una sonrisa extranjera. (...)
Cuando juntar leña era un enorme simbolismo. Ritmo de pasos crujientes, pisando la pinocha seca, la que cubre a la blanda otra, húmeda subyacente. Lo pensaba adivinando más abajo aún a la que ya ha trasmutado en negrura, transitada por organismos inquietos, caliente de trajín y fermentos.
¿Movemos el tronco, barremos el techo, regamos las plantas? ¿Te cocino? ¿Qué quisieras? ¿Qué más quisieras? Mucho más. Esa mujer era una madre eligiendo el padre de su cría.
La carga era no solamente madera, combustible para un fuego de chimenea olvidada. Era ofrenda a otro calor compartido aún sabiendo que un día huiría, por esas otras leyes de la física, lejos del mismo placer que hoy disfrutaba. El placer de algunos automatismos es que dejan tiempo para abstracciones muy particulares. Crujir de arbusto seco, ese era el sonido de mi momento.
Y actuaba de leñador, físicamente al nivel justo de actividad para dejar que se incinúe un sudor leve. Los brazos recibiendo latigazos de rama fina, surcos de espina reseca. El olor repentino de la resina, un par de piñas aún unidas a su rama, el pegote fresco entre dos dedos. La mente rumiando la salida, la melodía final tan dolorosa como ineludible.
(...)
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